sostener la escena y hacer comunidad

Hablar de música emergente en México no es hablar de una promesa a futuro, es referirse a un presente que ya existe aunque muchas veces pareciera que apenas y se mantiene a flote con gaffer, voluntad y amor. Es algo que ocurre cada semana en foros pequeños, bares adaptados y espacios autogestionados con shows que muchas veces se arman con lo que hay. La escena no es un concepto abstracto ni una moda pasajera, es una red de personas que crean, gestionan, cargan equipo, imprimen merch, diseñan flyers, venden boletos, escuchan atentamente y vuelven, aunque el sonido no haya sido perfecto o siquiera bueno.

Cuando hablo de todo esto lo digo desde un lugar muy específico pues llevo más de diez años moviéndome dentro de este circuito desde distintos frentes. He sido público, he sido parte de bandas, he estado en la organización de eventos, en la venta de merch, en la gestión que nadie ve y en el cansancio que se siente y mucho. Y es desde ahí, desde una observación constante y cercana, que hay algo que tengo claro: la escena no se sostiene sola y tampoco debería hacerlo.

En México tenemos una riqueza creativa y una oferta musical y artística inmensa. Proyectos que nacen en pequeños cuartos, en depas adaptados como sala de ensayo, en laptops viejas con un software pirateado, sí, pero con la idea clara de hacer música porque no hacerlo sería peor. Aunque también debemos ser realistas, el talento no siempre es sinónimo de continuidad o de “éxito”, pues lo que permite que un proyecto llegue más allá de su primer EP o su tercer show es todo el ecosistema que le rodea y nada es un factor aislado.

Apoyar la escena emergente no es solo ir a shows cuando ya “suena” el nombre de una banda y comenzamos a verla hasta arriba y en grande en los eventos de cada ocho o quince días. Significa pagar una entrada aunque no conozcas a todas las bandas que tocan ese día ni sean tus compas. Significa comprar merch directamente en la mesa, aunque sea un sticker. Significa compartir, recomendar, hablar de bandas nuevas con la misma emoción con la que hablamos de artistas consolidados y entender que detrás de cada proyecto hay horas y horas de trabajo no remunerado, inversión personal (en muchos sentidos) y un riesgo constante que a veces pareciera un salto al vacío.

Pero eso sí, también implica algo mucho más difícil y hasta incómodo: DEJAR DE ROMANTIZAR LA PRECARIEDAD. Y es que durante años se nos ha vendido la idea de que “así es la escena”, que tocar gratis es parte del proceso, que perder dinero es lo normal, que el desgaste emocional es parte del precio a pagar por amar la música y lo que hacemos y que si te quejas es porque no lo deseas lo suficiente. Y sí, hay pasión, pero la pasión no paga rentas, no paga comidas, no cuida la salud mental. Así que si queremos una escena fuerte, tenemos que ser críticxs con nosotrxs mismxs y empezar a exigir condiciones y tratos más justos, aunque sea poco a poco.

He visto proyectos increíbles desaparecer y no por falta de calidad o de talento, si no por cansancio y desilusión. Me ha tocado ver espacios cerrar, colectivos disolverse, personas que a mi parecer (y también de otrxs) son increíblemente talentosas decertar y dedicarse a otra cosa porque ya no era sostenible seguir; pero también he visto lo contrario. He visto comunidades pequeñas pero comprometidas que logran que un proyecto avance, que algo crezca, que una banda llegue más lejos de lo que ellxs mismxs imaginaban (hasta tocar en el Zócalo del Distrito Federal).

La música independiente y los espacios que la rodean son importantes porque es donde se están contando historias que aún no pasan por el filtro de la industria; ahí se experimenta, se arriesga, se falla y se vuelve a intentar construyendo una identidad cultural y comunidad en tiempo real, y si queremos que esto siga sucediendo tenemos que apoyar de manera constante, consciente y (realmente) colectiva.

No se trata de salvar a nadie ni de cargar con la responsabilidad de manera individual, se trata de entender que la escena somos todxs quienes la habitamos y que cada decisión que tomamos tiene un impacto real, y tal vez no se note de inmediato, pero se siente. Siempre se siente.

Sostener la escena es sostenernos entre todxs, y en un país con tanta oferta creativa y con tan pocos espacios seguros para desarrollarla, más que ser un gesto romántico es una necesidad que apremia.